Pasan cosas buenas y cosas malas.
El mundo debe ir así, aunque es verdad que según te vas haciendo viejo te van pasando más cosas malas que buenas.
El mundo debe ir así.
Se ha muerto Pepe Mujica. Uno de los muy buenos, me recordaba por WhatsApp otra de las muy buenas.
Y uno de mis catalanes del alma, Eduardo Mendoza, ha sido premiado con el Princesa de Asturias. Otro de los muy buenos que se reconocía el último de una generación.
Los catalanes del alma (Miquel Martí i Pol, Manuel Vázquez Montalbán, Joan Manuel Serrat, Eduardo Mendoza, Juan Goytisolo… —Jordi Pujol no estaba—) nos abrigaron la adolescencia y nos enseñaron a ser mayores. Pepe Mujica vino a demostrarnos que teníamos razón en todo.
En la época de los ingenieros del caos del populismo de derechas, Pepe Mujica triunfó con las herramientas más antiguas de la política democrática: la palabra y la coherencia. No necesitó de expertos en manipulación emocional, segmentación algorítmica y polarización social: Mujica era un hombre de carne y tierra, capaz de decirle a su pueblo que sin esfuerzo no hay libertad posible y no salir apedreado del evento.
Ganó Uruguay en el mismo momento en que los discípulos de Steve Bannon empezaban a recoger los éxitos de sus campañas algorítmicas. Era un viejo guerrillero de izquierdas, un político unplugged* conectado con su pueblo en modo analógico, sin más estrategia que el sentido común y una capacidad extraterrestre de comunicar. Tanto, tan extraterrestre, que sin una corbata que anudarse al cuello se convirtió en referente del planeta.
Durante su presidencia (2010-2015) se legalizó el matrimonio igualitario, el cannabis (para combatir el narcotráfico), se despenalizó el aborto… un tipo de izquierdas, uno de los muy buenos, en tiempos en que asomaban por todas las esquinas las políticas reaccionarias impuestas por la ultraderecha que empezaba a enseñorearse del planeta.
Joder, un tipo de izquierdas de los que hace que se te salten las lágrimas cuando lo escuchas hablar y lo ves vivir en su chacra de toda la vida, como así se llaman en Uruguay las más modestas propiedades rurales.

“Si no somos capaces como país de educar y de formar a las generaciones que vienen —dijo en su última intervención pública después de anunciar que el cáncer se lo comía—, van a pertenecer al mundo de los irrelevantes, de los que no sirven ni para que los exploten. Este es el desafío más grande que tiene el país”. Con todo el auditorio en pie acabó: “Cuando estos brazos se vayan quedarán miles de brazos”. Y por eso dió las gracias.
Y luego ya se murió.
También en estos días, ahora que los ingenieros del caos ya han hecho fortuna y se han desvelado como los verdaderos hacedores, a Eduardo Mendoza le han dado el Premio Princesa de Asturias de las Letras.
No es que de esta me vaya a hacer monárquico (el Premio Cervantes ya lo tiene y otros cuantos), pero reconocer a Mendoza como un «proveedor de felicidad para los lectores» me ha convertido para siempre en devoto del jurado que ha concedido el premio.
Hacer reír es infinitamente más difícil que hacer odiar. Precisa de inteligencia, de ingenio, de sabiduría. Hay que saber muchas cosas para hacer reír. El humor blanco, ese que ni ofende ni hiere, el que es gratuito, está al alcance solo de los que son muy buenos. A odiar ya nos enseñan en el noticiario de Vallés (y en otros cuantos). No hay que ser muy bueno para hacer odiar: solo precisa de malos humores, de bilis reconcentrada en los higadillos, de reflujos de acidez desde el estómago. No hay que saber nada para hacer odiar. Por eso Mendoza, por eso Montalbán… Es como hacer vibrar. Y por eso también Mendoza, Goytisolo, Serrat o Martí i Pol.
No puedo dejar de descojonarme recordando pasajes de Sin noticias de Gurb (que mi madre no pudo terminar de leer porque le dolía la risa), ni evitar que se me salten las lágrimas releyendo El año del diluvio.
Pepe Mujica se ha muerto. Pero Mendoza está vivo y sigue proveyéndonos de felicidad.
Ya ve: cosas buenas, cosas malas. Como en la vida.
*Umplugged, más o menos, quiere decir desenchufado, sin artilugios electrónicos.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.
Asi es como la vida misma, lo malo y muy preocupante que esta gente buena se va y no tenemos a primera vista nadie de ese calado y me parece que no lo vamos a encontrar, por que si lo hubiese, no le dejariamos ser bueno, ya se encargaria el sistema que tenemos de hacerlo malo muy malo, personajes como los que nombras seran muy recordados porque nadie les va a tan siquiera intentar imitar.
una pena se nos acaba la esperanza de conseguir politicos con inteligencia y corazon, por que a las pruebas me remito.
Buen domingo y aqui de San Isidro.
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Pues ¡feliz San Isidro! Que todos los santos tienen octava.
No, no tiene pinta de que nadie los esté tratando de imitar. Supongo que hacen falta dotes que no todo el mundo tiene y, quienes las tienen, se alejan de la política para no pervertirse.
Nos vamos a tener que conformar con lo que hay y con cuidar nuestro WhatsApp, por si otros menos buenos quisieran, también, sacar partido de nuestras conversaciones privadas.
Es lo que tenemos… como la vida misma.
GRACIAS, AMIGO. Feliz San Isidro.
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Coño Justo, por fin me demuestras que eres «bueno» escribiendo. Es cierto que, los cursis como yo, hubiéramos análisis más sesudos sobre ambos personajes -quizás hasta del molt miserable Dr. Pujol. No obstante, he de reconocer que has exprimido bien la esencia de Mendoza y de Mújica, en un lenguaje de fácil y de fácil compresión lectora, que puede ser asequible para todos los públicos. Del contenido no comento nada, porque en esta ocasión ( y sin que sirva de precedente), solo puedo decir: AMÉN.
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No servirá de precedente, que sé yo bien que tus inquietudes comunsitoides me tacharán de conservador en más de una ocasión.
Aún así, mil gracias por tu comentario: me ha costado demostrar al fin que soy «bueno» escribiendo a tus ojos, reconocimiento que agradezco de todo corazón.
Anímate tú también a dejar por escrito todo lo sabes y lo que vas aprendiendo. De momento, es la única manera que tenemos de ir dejando señales de que la izquierda existe más allá de partidos e instituciones, aquí, en la puta calle, de donde nunca debimos marcharnos.
Un abrazo y, otra vez, muchísimas gracias por venir por aquí.
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