Cuando esta noche nos vayamos a la cama ya será 2024 y, así como el que no quiere la cosa, estaremos viviendo el último año del primer cuarto del siglo.
Han pasado muchas cosas. Las hemos vivido con la intensidad que permiten estos tiempos tan veloces en los que lo extraordinario se convierte en cotidiano y se borra al minuto siguiente con otro suceso extraordinario que tampoco durará en nuestra memoria más allá del próximo minuto.
Algunos pensadores han llamado a este fenómeno “modernidad líquida”, en la expresión acuñada por Zygmunt Bauman (1925, Polonia—2017, Reino Unido), que debe tener que ver con la facilidad con la que los acontecimientos se nos escurren entre los dedos sin saborearlos, para bien o para mal, sin quitarnos la sed, sin acopiarlos en el rincón de la mente apropiado para rescatarlos cuando procede, sin apenas sentirlos para alegría o para tristeza.
La urgencia se ha apoderado de cada uno. Las cosas suceden sin haberlas deseado. La espera ya no existe y, así, casi sin querer, hemos perdido las ganas.
“—Hubiese sido mejor que volvieras a la misma hora —dijo el zorro—. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.
—¿Qué es un rito? —dijo el principito.
—Es también algo demasiado olvidado —dijo el zorro. —Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días; una hora, de las otras horas (…)”.
Ganas.
¿Cuál es su proyecto? ¿Le hará esperar? ¿Perderá el sueño una noche entera pensando que podría ser mañana?
A lo mejor las urgencias de cada amanecer han hecho que parezca que mañana no importa más allá de haber cotizado lo suficiente para que la pensión que le quede alcance a cubrir los gastos de su vejez. Puede que esté pensando que el año 2024 se vaya a parecer demasiado al 23 que, a su vez, fue casi igual que el 22 y el 21, a salvo de aquella pandemia salvaje que cambió el mundo a peor (en lugar de a mejor, como todos quisimos creer), o de aquel volcán de Cumbre Vieja que nos hizo contener la respiración durante 85 días larguísimos sin que el propio Pedro Sánchez pudiera hacer nada para evitarlo.
“Y, sin embargo, se mueve” (como, según imaginó Giuseppe Baretti, hubiera dicho Galileo Galilei después de abjurar ante el tribunal de la Inquisición de su postulación de un modelo heliocéntrico del mundo, para cambiar así su condena de prisión incondicional por otra menos exigente de confinamiento vitalicio).

Y se mueve de verdad. Por eso la esperanza de vida crece hasta los 73 años, de los 61 en los que se cifraba en 1980; llega a casi todos los lugares del mundo la vacuna contra la malaria; crece desde 2015 en 1.500 euros la renta per cápita, el SMI se dispara desde 735,9 euros en 2018, a 1.080 en 2023 y las pensiones se acomodan a la evolución del IPC; se reduce del 10 al 3% la evasión fiscal en el mundo en 10 años; se dobla en 20 (años) el número de universitarios y universitarias y el de lectores y lectoras crece del 53 al 65% de los españoles en solo 10; se dobla también el número de mujeres en los parlamentos; el futbol femenino nos da una lección de feminismo; se telefonea a las personas y no a los sitios; se alargan los permisos por paternidad; se permite la eutanasia en nuestro país; hay implantes cerebrales que hacen hablar a personas que no hablaban; los fármacos contra el VIH evitan 21 millones de muertes desde 1996; baja en 10 puntos el número de suicidios; España alcanza el 50% de generación eléctrica con renovables; la energía producida por combustibles fósiles baja del 90 al 82%; en 27 países de Europa se compran y venden cosas con una misma moneda, en algunos de ellos desde 2002; la mortalidad infantil se reduce hasta quedar en España en el 0,05% de los nacimientos (piénsese que en 1950 uno de cada cuatro niños moría demasiado pronto)…
No lo esperábamos, no lo presagiamos, no lo aprendimos a valorar. No lo leímos. No estaba en nuestro proyecto vital y, sin embargo, nuestros hijos crecen sanos, van a la Universidad y, seguramente, cuando sienten la cabeza y consigan emanciparse (Dios lo haga), se comprarán un coche eléctrico y una freidora de aire y no devastarán la tierra.
Así que he decidido que mi propósito para el año nuevo sea tener un proyecto. Y que mi proyecto sean las ganas. Recuperar los ritos, los que hacían que un día fuera distinto de los demás días y una hora distinta de las demás horas.

Ahora lo que quiero es tener ganas. Unas ganas tan grandes que ni siguiera los que mienten a sabiendas, los crispadores, los equidistantes, los negacionistas, las puedan frustrar.
Feliz año 2024. Nos hemos ganado hacer uno mejor que 2023.
Los dibujos son de mi hermana Maripepa. No no son de hoy, pero creo que ayer se quedó frita antes de enviármelo y estos dos venían perfectos.
Las cosas claras. Es un placer leerte.
Feliz año a ti y tu familia, Pepa, Mamá Luisa, a todos y mi recuerdo con muchísimo cariño a Mariquilla.
Un fuerte abrazo 🤗
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Un millón de gracias, Pazix… Y otro millón de besos y recuerdos.
FELIZ AÑO NUEVO
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Pues a pesar de todos esos estupendos datos y sin querer aguar la fiesta, me temo que es sólo la alegría de darle una patada en el culo a 2023 lo que hará que una vez más, un año más, participe en el rito de tomar las uvas con la esperanza de que mi vida y la de mis seres queridos mejore y con los mejores deseos para el resto.
Patada en el culo a 2023. Ninguna confianza en 2024 pero, por aquello de que la esperanza es lo último que se pierde, le daremos un tiempo antes de despotricar sobre él. Quien dice 24, dice 25, 26, 27 …
Crecen orcos, que diría Javier, por doquier.
No me gusta la sociedad en que vivo, no me gusta el país en que vivo, no me gusta el mundo en que vivo. Demasiado egoísmo, demasiados enfrentamientos, demasiada imposición, demasiada intolerancia, demasiado odio. En el mejor de los casos, mirar para otro lado. Ya no sólo no importa lo que les pase a los demás, ahora ya es que molesta.
Vivimos en una jungla repleta de depredadores y son más fuertes que nosotros y no dudan en sacar provecho de ello.
Vuelve a subir la luz y supongo que el gas. Subirá el combustible, como siempre, subirá el agua, seguro. El gobierno, socialista dice, ha decidido que ya no necesitamos ayuda. ¿Habrá puerta giratoria a la vista?
De la vivienda no quiero ni hablar, me dan náuseas.
La cesta de la compra es el mejor ejemplo de esa lucha encarnizada, nos estrangulamos unos a otros por tener más y más y más. Muchos de los precios no tienen más explicación que la avaricia. Hablan de costes y puestos de trabajo y escasez y mal tiempo y bla bla bla, es el sistema, es el capitalismo salvaje en el que tan a gusto nos encontramos. Mienten y engañan. Sólo avaricia disfrazada de la “legítima” ambición del sistema en que nos movemos, el sistema de los que atacan y los que se defienden, depredadores y presas.
Y somos incapaces de unirnos. Contemplamos desde la comodidad y nos regocijamos, quizá sea terapia, en que otros están peor. Los orcos no son conscientes de que lo son. Apoyan y defienden con uñas y dientes el poder de Sauron, luchando en las filas de cualquier Saruman (hay muchos).
Las redes sociales atribuyen a Mujica, aunque parece ser que no está documentado, eso de que “El peor enemigo de un pobre es otro pobre que se cree rico y defiende a los que los hacen pobres a ambos”.
Ya no se trata de tener suficiente, ahora se trata de tener más que los demás, se trata de exclusividad: Privilegio o derecho en virtud del cual una persona o corporación puede hacer algo prohibido a las demás.
Prohibido por ley, no. Pero prohibido. Habitar la casa o el barrio que no se puedan permitir otros, vestir la ropa que no puedan ponerse otros, conducir el coche que no puedan llevar otros, la cena de Nochevieja que no puedan comer otros. Eso es lo importante, esa es la meta. Y si te disparan al corazón mostrándote la vida de esos otros … mirar para otro lado. Ojos que no ven, corazón que no siente.
Y después de tan desalentadora y triste participación y aunque parezca mentira, os deseo a todos un feliz año 2024 y un mejor futuro. De verdad que os lo deseo, a vosotros y a todos, incluidos los orcos, aunque a veces, confieso, les deseo otras venturas.
Nota: No os dejéis contagiar por mi amargura, yo mismo intentaré pasarlo bien esta noche tan vieja como yo y me permitiré soñar con un 2024 sorprendentemente bueno.
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Y una cosa más, amigo: hacer nuestra parte. Poner en marcha nuestra capacidad de hacer que los demás se sientan bien a nuestro alrededor. Disfrutar de lo que nadie nos puede arrancar por más que lo anden intentando: nuestras ganas, nuestro proyecto, nuestro entorno.
Hacer nuestra parte. Poner nuestras ganas. Crecer dentro de lo que es nuestro. Hacer crecer.
Reposado, condurado, apreciado… porque hay en qué poner aprecio.
Feliz 2024, amigo. Por difícil que nos lo hayan querido poner.
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Has dib
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Has dibujado un map
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No sé qué hago con los dedos.
Decía que has dibujado un mapa terrorífico, el problema es que no te has equivocado en nada. Ver las injusticias pasadas que provocan las injusticias actuales y hacen ver las futuras es desolador. Provoca una sensación enorme de impotencia.
Y es verdad, esos orcos sacan lo peor de uno.
Hay que darle la vuelta a la lente y convertirla en un microscopio, buscar lo pequeño, un gesto, una sonrisa de un ser querido, un pararse a mirar hacia arriba una noche clara sin luna (y sin contaminación lumínica) una canción escuchada en bucle.
Esas pequeñas ayudas que nos muestran que si, a pesar de todo, la felicidad existe.
Pues eso, muchas felicidades aunque no sea todo el tiempo.
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Yo sigo apostando por recuperar las ganas… Creo que a estas alturas es todo lo que realmente me interesa. Y… ¿por qué no en 2024, en lugar de en 2025?
Lo sé, lo sé: todo lo demás también pasa… Sí.
Fuerte abrazo, amigo. Busquemos con esa lente de la que hablas eso que nos haga reconciliarnos con este mundo absurdo.
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Muy feliz año a todos los que pensamos por aquí. Un beso especial para ti y los tuyos. Esperemos que todos recuperemos las ganas y la memoria.
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Las ganas y la memoria.
Brido por eso.
Feliz año nuevo, Chelines. Muy feliz.
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No entiendo por qué no sale tu respuesta por el blog. ¿Le ha pasado algo a Mariquilla?
Enviado desde mi iPad
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Mariquilla, mi hermana Mariquilla, murió el día más triste del mundo allá por el 2010.
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Año bisiesto, no espero nada bueno de el, pura estadística.
Perdón por el retraso pero que un domingo sea víspera me descoloca.
Escribo ya en nuestro 2024. Solo para desear a todas y todos un feliz año, por la cuenta que nos trae, lo que dejamos atrás echa fuego.
Abrazos.
(Siento mucho lo de tu hermana, esa espina nunca desaparece)
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En efecto, no desaparece nunca. Te acostumbras a que ya no esté. Debe ser parecido a perder una pierna: te acostumbras a la de madera, pero siempre sabes que antes tenías dos.
Feliz año nuevo.
Gracias por andar siempre por aquí.
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La pérdida de un ser querido es algo muy duro de llevar. Yo ya he perdido a unos cuantos. Ley de vida, dura de tragar pero ley. No hay nada con menos alma que las leyes de la naturaleza.
En Rabbit Hole (más que recomendable) Nicole Kidman, que acaba de perder a su hijo de cuatro años, pregunta a su madre, Dianne Wiest, que también perdió a su hijo, si el dolor, esa pesadumbre, llega alguna vez a desaparecer. La respuesta es “no”, te acostumbras al peso como si llevaras un ladrillo en el bolsillo, te acostumbras pero el ladrillo sigue ahí.
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De acuerdo, sí. Sigue ahí.
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Lo siento y comprendo tu dolor . Yo también he perdido a mis dos hermanos pequeños. Espero que todos nuestros ausentes nos envíen GANAS
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Poco nos enviarán quienes ya están muertos. Solo lo que nosotros queramos creer mientras pensamos en ellos. En ellas.
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