El Partido Demócrata entra en pánico.
Se dieron cuenta o, por ser más preciso, tuvieron que dejar de disimularlo: está mayor. Y en mal estado.
Ya nos lo hemos preguntado antes ¿no había nadie más? ¿Por qué han tenido tan escondida a aquella Kamala Harris que había pasado por ser la gran esperanza negra?
¿Solo había dos ancianos, momificado el uno, desquiciado el otro, para librar la batalla electoral en la que se juegan la presidencia del país más poderoso del mundo?
Uno se hace la misma reflexión cuando piensa en Díaz Ayuso, pero eso es más accidentado porque no tenía enfrente a un imbécil, sino a Ángel Gabilondo, que no era un imbécil. Lo mismo me pasa cuando me acuerdo de Almeida pero, igualmente, él tenía enfrente a Manuela Carmena, que tampoco era una imbécil.
(Me refiero a los primeros mandatos de ambos, cuando los pusieron allí sabiendo que perderían y el pueblo de Madrid les dio la gran sorpresa de encumbrarlos. De la segunda vez ni recuerdo a quién tenían enfrente.)
Quiero decir que, mientras los madrileños lo hicieron a propio intento (lo de dejarse gobernar por personas de equilibrio o inteligencia dudosos o fatalmente inexistentes), los americanos no tienen otra opción.
Las patologías, ya ve, se han puesto de moda. Basta un vistazo al panorama para aceptarlo.

En Baleares el presidente de les Corts rompe fotos de víctimas del franquismo; en Valencia la alcaldesa dice que banderas de ¡enfermedades! no se ponen en la fachada del ajuntament, que no hay por qué, y amenaza con que tendrá que asumir responsabilidades quien se atreva a decir que por ello es homófoba (¿por qué habrá sospechado que alguien lo podría pensar?); el portavoz de Vox en la Corporación (sus socios de Gobierno) aboga por las ‘unidades de convivencia naturales’ y las enumera: ‘la familia, el barrio, la nación, la región e incluso los continentes’.
Yo también abogo por los continentes. Esta mañana sí. A pecho descubierto. ¡Sí a los continentes!
Continentes con vallas muy altas, esto sí, porque el acuerdo entre Canarias y el Gobierno de España sobre el reparto de menores migrantes (de otros continentes) no acompañados entre las comunidades autónomas del país (sobre el que Catalunya —ERC y Junts— ha pedido ya, también, un régimen singular) está poniendo en jaque la estabilidad de los gobiernos de pacto entre el PP y Vox.
¿No lo ve? Patologías.
Las define el Diccionario de la Real Academia de la Lengua como el ‘conjunto de síntomas de una enfermedad’.
El patológico empecinamiento del PP por mantener su mayoría más que cualificada en el Consejo General del Poder Judicial, ha sanado milagrosamente en estos días, acaso por la administración de ese remedio en desuso que venía siendo el sentido común. Acaso, digo, porque al mismo darle el alta aparecieron efectos secundarios no deseados, tales como las tan diversas versiones ofrecidas por una y otra formación (PSOE, PP) sobre el contenido real de lo acordado para la sanación.
Volviendo al panorama estadounidense, innecesario como es abundar en las que acumula Donald Trump (delincuente condenado y mentiroso) y siendo palmarias las que aquejan al presidente, el mensaje que lanzan al mundo va infinitamente más allá de las patologías que cada uno presenta: la enfermedad ataca a la democracia misma, a la política occidental, a las sociedades más avanzadas del planeta que viven presas de un mal que no se cura, que penetra hasta los huesos, que lo corrompe todo y empuja hacia el bochorno aquello que creíamos que era de todos cuando la democracia se aceptó como la forma menos mala de organizar el poder.
De poco servirán los esfuerzos del Frente Popular que han armado en Francia los partidos de izquierda para frenar el avance de la extrema derecha de Marine Le Pen. De poco, si la cordura (el remedio aquel del sentido común) no cura de esta enfermedad a la sociedad francesa.
Aun así, sin dramas. Unos cuantos derechos individuales menos, unos cuantos ricos más, otro puñado de pobres a añadir a una lista que nunca logramos hacer que desapareciera. Protestas estudiantiles cuando los estudiantes se den cuenta de lo que les han robado. Malestar de los trabajadores y trabajadoras por la precarización de salarios y oportunidades. Escándalo de las mujeres cuando vean relajarse las políticas de igualdad, Incomprensión de una ciudadanía que descubrirá que no se ha arreglado el problema de la vivienda al liberalizarlo todo, ni el de la corrupción, ni el de la cesta de la compra. Tres o cuatro puntos más en la demoscopia de la desafección. Y listo.
Es una patología profunda. Será dolorosa. Es imposible pronosticar qué se habrá llevado por delante para cuando sane. Pero sanará. Lo veamos o no quienes hoy la soportamos. Sin dramas. Todo lo que retroceda acabará por avanzar.
Los que quedemos atrás tendremos el orgullo de haber defendido las grandes ideas: ¡sí a los continentes!
El dibujo es de mi hermana Maripepa.
Normal que entren en pánico. Sí, nos lo hemos preguntado antes, muchas veces y nadie ha puesto solución. Pues ya ha llegado el momento: el viejo se desmorona.
Como se desmorona todo lo conseguido y nadie le pone solución. Convendría preguntarse el porqué. La mismísima Francia … qué barbaridad.
No me consuela creer que al final todo sanará y se avanzará lo retrocedido. No me consuela porque no lo viviré y quiero vivirlo. En cambio, me tocará vivir el retroceso, me tocará ver como ganan los malos, delante de mis narices. Para colmo, soy uno de los muchos que lo pagarán directamente, que lo sufrirán en sus carnes: la precariedad salarial, la falta de oportunidades, la lapidación de los servicios públicos, los de todos. En mis propias carnes o las de mis hijos, que son las mismas.
Maldita sea esa enfermedad.
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Maldita sea.
Y no, no es un consuelo.
Es solo saber que no poniendo remedio, el remedio vendrá solo cuando las consecuencias sean palmarias.
No hemos querido remediar las barbaridades de una transición que igualó a las víctimas y a los victimarios y respetó los privilegios de estos por el miedo.
Ahora lo pagamos. Lo pagaremos caro. Ahora lo pagamos. Pero llegará el momento.
¿Lo veremos? Pues a lo mejor no. Pero lo verán nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos… Porque no se puede engañar a tantos durante tanto tiempo.
¿Consuela? No. Pero… consuela.
Un abrazo, amigo. Gracias, como siempre.
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