El arquitecto de Dios

Más modernamente, si ganas un mundial o has sido presidente del Gobierno, el rey te concede un título nobiliario y tú, si es el caso y convienes en aceptarlo, luces bordada en la camisa que te hacen a medida para celebrar la ocasión una discreta corona que da fe del Real aprecio del monarca.

En la Iglesia, que no es precisamente moderna y cuyo reino, como es sabido, no es de este mundo, si construyes una catedral muy grande muy grande puedes llegar a ser santo.

A Antoni Gaudí podrían haberlo hecho conde de Barcelona, es un ejemplo, pero la ciudad condal ya tenía conde y, además, la Iglesia bien podría andar necesitada de un arquitecto de Dios que viniera a poner orden en los desmanes urbanísticos del más allá, donde la parcela mínima para la edificación se debe estar achicando a marchas forzadas a juzgar por el número ingente de forofos de la cosa que andan por el mundo (y por España). Arquitectos de Dios, no tenemos.

Salvo que las santas gónadas del príncipe de la Iglesia del momento determinen otra cosa (tal y como han sido los recientes casos de una monja, otro papa y el fundador del Opus Dei) el proceso de canonización de un sujeto, por buena persona que haya sido, requiere de largo tiempo y varia fases; tales son las de siervo de Dios, venerable, beato y santo. Se puede pasar de persona normal a santo de un plumazo pero, como ya se ha visto, es muy rara la ocasión.


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