Deja que la niña diga lo que quiera.
Isabel Díaz Ayuso fue la apuesta perdedora del PP cuando se comprendió que la Comunidad de Madrid, asediada (pásmese) por la corrupción endémica de la institución, quedaría a cargo del PSOE que, por su parte, había echado el resto entronizando a Ángel Gabilondo para la batalla electoral.
Se dice que Isabel Díaz Ayuso, cuyo pasado político en el entorno de Esperanza Aguirre se circunscribe a haber sido la “community manager” de su perrito Pecas, tiene lo justo para pasar el día. Otros analistas, siempre sin vocación científica, aseguran que le llega apenas para no hacerse caca encima.

La estrategia, diseñada por Aznar que le prestó a Miguel Ángel Rodrríguez para un primer empujón, fue, como todas las que resultan efectivas, sencilla: deja a la chica que diga lo que quiera que se la entiende muy bien (perdóneme el laísmo).
Tú di lo que quieras, rica, que verás cómo enamoras.
Y enamoró.
Enamoró a un pueblo entero, el pueblo de Madrid todo, no solo la capital, también Getafe, Lozoyuela, Leganés, Titulcia… todo. El de Madrid capital se lo llevó de calle Martínez Almeida, una de las cabezas más grises de la Abogacía del Estado, otra apuesta perdedora del PP, que había comprendido que Manuela Carmena (¡Manuela Carmena!) sería imbatible en las municipales.
Con este ni estrategia… ¡qué falta haría!
Si una candidata gana la presidencia de una comunidad autónoma blandiendo la idea de que la contaminación del aire de una ciudad de tres millones de habitantes se combate poniendo tiestos en las terrazas, todo lo demás se puede esperar.
Con todo, estas personas digamos “pequeñas” (no lo digo por Almeida, pobre), se agigantan enseguida, más aprisa cuantas más personas se aglutinan a su alrededor comiéndoles las cosas y, oh prodigio, ambos crecieron como la espuma para sorpresa de nadie, montados en esa ola mundial de trumpismo que convertía lo descabellado en conveniente si es que convenía a un jefe de filas que no es de este mundo: así bombardear una lancha rápida, ningunear a la presidenta del país que visitas con carácter oficial, secuestrar a un presidente, comprarse un ático en Chamberí, convertir en un salón de baile el ala Este de la Casa Blanca o promover un ley igualadora de derechos al que ya ha nacido con el que todavía no. Y todo ello con gran alborozo aparente de crítica y público.
Luego viene el cansancio. Tarda, pero llega. Y hasta el perrito Pecas mete el rabo entre las piernas y emprende una discreta retirada cuando, puesta en jarras, la presidenta espeta que a ella lo que le gusta es la fruta (afirmación que esconde la inteligencia –y estilo poligonero– con la que se refiere al presidente del Gobierno) y que los áticos se los compra a ella el consejero de Presidencia de su Gobierno autónomo y que le pregunten a él sobre el particular.
Porque parece que esto de saltarse toda la normativa sobre contratación del patrimonio de las administraciones públicas o, por decirlo más claramente, esto de pasarse las reglas en general por el arco del triunfo (situando comúnmente entre las piernas de presidentes/as), es cosa de mandatarios/as con un poco más de mando, digamos que con potencial nuclear, y que no alcanza a presidentes/as autonómicos de países del sur de Europa.
O a presidentes/as de países del sur de Europa en general, que a Meloni le ha dado por saltarse igualmente todas las reglas y pedirnos la filiación a todos los españoles que queramos pasarnos a verla por allí, generando así una de las crisis diplomáticas más profundas que se han vivido entre España e Italia, todo porque a no se sabe bien quién (aunque se teme uno lo peor), le ha dado por atacarnos desde Marruecos lanzándonos de seres humanos.
¡Ver para creer! Hay que hacer cosas para parecerse a Trump. Meloni apoyarlo con la invasión desde Marruecos (contra España todo es más sencillo) y quién sabe si con la celebración de la final del Mundial’30 en Rabat, a ver si se congracia con él después de lo del papa. Ayuso midiéndosela con la legislación patrimonial y demostrando al mundo que un ático, propio o recién prestado, siempre es una buena inversión, no se sabe si para parecerse a él o creyéndose ya que lo ha superado en bravatas.
E igual en gilipolleces, porque soltar eso de que lo vende (el ático) para paliar los efectos de los últimos incendios mueve a descojonarse, a pesar de que tanto bajar los impuestos a los ricos haya podido dejar vacías las partidas destinadas a resolver las necesidades urgentes de las personas.
Es trumpismo. Y se trasnocha. Trump mira con preocupación las elecciones de medio mandato. A Meloni se le vuelven los generales (la derecha aún más extrema empieza a hacerle pupa). A Almeida lo mismo le da (claro). Y Ayuso ya empieza a oler a naftalina.
No sé si es que son demasiados áticos en su vida. O demasiado desparpajo. O demasiada indigencia intelectual en una mujer que es, en definitiva, la presidenta de una comunidad autónoma y esto de “deja a la niña que diga lo que quiera, que se la entiende muy bien” tiene solo un tiempo de vigencia.
Manejar las redes del perrito de Esperanza Aguirre no requería especiales habilidades sociales. Presidir la Comunidad de Madrid tiene otro qué.
Recuerden, Almeida y Ayuso ganaron y repitieron. Y esto es así. Y como Donald Trump, se ajan.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.
Yo no me fiaría mucho porque lo mismo la tenemos nuevamente de presidenta, el ser humano somos muy raros y que voten en Getafe a la señora Ayuso es casi de pelicula de terror, por lo tanto no nos confiemos porque a una señora que le gusta la fruta puede manipular cualquier cosa si además tiene el conocimiento que le traspaso el perrito de esperanza porque ya se sabe dos que pasan mucho tiempo juntos aprenden mucho el uno del otro por desgracia el perrito no aprendió nada.
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jajajajajajajaja
¡Qué iba a aprender, si apenas comen postre!
No, tienes razón. No hay que fiarse… Pero yo veo síntomas de cansancio por parte de los hombres (hombres, claro) fuertes del Partido Popular.
Deben estar de la niña hasta los cojones…
Veremos como avanza esto: a menos de un año.
Fuerte abrazo, amigo. GRACIAS
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