Supremacismo oftalmológico.

A veces pasa en Barcelona, otras veces en Charlottesville, en Kabul otras. Otras pasa en el propio salón de tu casa. El asunto es que siempre hay uno que se cree que es mejor que otro y, en algunas ocasiones, uno de los dos piensa que el otro no tiene derecho a la vida. Si consigues juntarte con varios y mezclas algún dios en tu razonamiento, ya tienes con quién y por qué matar.

Puede tener que ver con el color de la piel. Un amigo mío, de Madrid, ingeniero, alto y blanco (lo que así junto parecen atributos de un título nobiliario) me contó hace tiempo que había comprendido el racismo cuando sus padres, al terminar la ingeniería, le mandaron a hacer el correspondiente máster a la Escuela de Negocios de Chicago y descubrió que los nativos del lugar eran más blancos que él. Y lo sabían. De repente se había convertido en un vulgar latino. Supongo que se esforzaría en hacer comprender a sus compañeros de clase que él era en realidad europeo, aunque del sur. Que los latinos eran otros, que a él no había que odiarle tanto.

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Ser superior.

También puede tener que ver con la religión de tus padres. Digo la de tus padres porque las religiones no se eligen; más bien te tocan. A mí me tocó católico, de la confesión madrileña, que se debe parecer bastante poco a la de México DF que, a su vez, debe distar lo suyo de la de Charlottesville. Me borré al adquirir el uso de razón. Pero ahí quedan secuelas de la educación recibida, de eso que se han dado en llamar “los valores” en los que fui criado y de los que, en realidad, no llegué a renegar.

La cosa es que por un motivo o por otro, resulta sencillo encontrar razones para odiarse. Y las encontramos inmediatamente en el momento en el que advertimos alguna diferencia con cualquier otro, ya sea esta étnica, social, cultural… cualquiera vale.

Al colmo de la perversión se llega cuando aquellos a los que se escucha, los generadores de opinión, los dirigentes, las personas que influyen, pierden la cabeza y, lejos de invitar a la concordia, lanzan a la sociedad sus mensajes de odio por unos u otros medios. Un cura fascista en Madrid desde un púlpito, un presidente imbécil en EEUU desde Twitter, un imán enloquecido desde una mezquita, una periodista enferma de su propio fanatismo desde la columna de su medio.

Si además, como así sucede, no les pasa nada, el odio se convierte en la forma de estar en el mundo de pueblos enteros. De civilizaciones.

Yo, que soy un señor de gafas de toda la vida, he encontrado mi motivo. Sé que es confuso, porque hay mucho hipócrita andando por ahí con lentillas. Pero encontré mi diferencia. ¡Sea usted un señor con gafas! ¡Señora: no olvide sus lentes! ¡A las ópticas! Los demás, ellos, ellas, los que no llevan gafas, son especímenes menores de la raza humana, ínfimos seres carentes de dignidad. Pequeñeces de la naturaleza con las que el gran dios Rompetechos se ceba en su Gran Venganza.

Lleve usted gafas.

¡Y a por ellos!

El supremacista es obra de mi hermana Maripepa.

21 thoughts on “Supremacismo oftalmológico.

  1. La supremacia debe ser algún mecanismo de defensa del propio cuerpo por qué si no muchos de los humanos que nos creemos superiores vieramos claramente la realidad de la situación con gafas o sin ellas preferiríamos estar fuera de circulación.

    A pasarlo bien sobre todo los que somos superiores

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  2. Claro!!! Es muy bonito decirlo cuando uno lleva lentes progresivos de “varilux”, que son los que mejor, dicen, te hacen ver. Y los que nos conformamos con el 3×1 de afflelou? Que pasa con nosotros? Por qué los de varilux nos miran por encima del hombro? Y no quiero ni entrar en el tema de las monturas, eso sí que crea clases: tous, armani, ray-van, tommy, ¿donde han quedado las proletarias gafas de pasta de toda la vida?.
    Que triste!!! En todo hay clases.

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    1. ¡Hombre!

      ¡No querrás que todos seamos iguales!

      Una cosa es que seamos seres superiores y otra bien distinta que los que llevamos Varilux 3.0 no tengamos ciertos privilegios… Hazte cargo.

      Tiene que haber una diferencia. No es que tenga nada contra los de las gafas de pasta con lentes sin marca conocida, no. Pero ¡cómo lucimos de bien los de Armani!

      No puedo estar de acuerdo contigo esta vez. Con gafas, sí. Pero dentro de un orden.

      !Un abrazo enorme, Ricardo!

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    1. ¡Coño!

      Ahí me pones en un aprieto. No tengo este pensamiento tan desarrollado.

      No me atrevería yo a decir tanto como impuros, pero piensa que las gafas de cerca se usan en la intimidad, en el rincón de la lectura, en la mesa retirada del restaurante para mirar la carta… Es como ser superior a escondidas… Qué sé yo.

      Mi consejo es que te atrevas. Sé valiente. Enorgullécete… Ponte esas gafas de lejos. ¡Y que te envidien!

      ¡Gracias, Teresa! Estamos alineados en la supremacía, ya veo. Un besazo.

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  3. Jajajajaja!!!! Es verdad! Yo sabía que me sentía algo superior, pero no sabía por qué. Las gafas!!!! Cómo me he reído! Y me ha costado, eh? Porque la realidad da miedo, no risa. Pero es que parece de chiste. Lo cuentas y parece la misma tontería, lo de las gafas y todo lo demás. Maldita imbecilidad humana. Y malditos sean quienes la fomentan.

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    1. ¡Maldita imbecilidad humana!

      Qué coñazo de gente empeñada en estar en posesión de la verdad… y en matar al que no la comparte.

      Es verdad que da más miedo que risa. Pero, bien pensado ¿no es más ridículo que ninguna otra cosa?

      Creo que la forma más legítima de luchar contra esta suerte de imbecilidad es descojonarse de ella. Me descojono de supremacistas blancos que llevan cruces ardientes, de islamistas radicales que ven Al-Andalus como su territorio robado y lo quieren recuperar matando, de payos afeitados que relegan a gitanos, de todo el que se sabe superior a otro y lo desprecia… Salvo los de gafas, que estos sí que tenemos razones objetivas para sentirnos seres privilegiados.

      Un beso muy grande, Luisita. Seguimos en ello.

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  4. Una ves, hace ya mucho tiempo, hoy en Radio Nacional , la historia de una monja que, al enterarse de que había un equipo de radio españoles en la zona dónde estaba ella (Africa, por Liberia creo recordar) decidió acercarse parMver si le podían arreglar las gafas que tenía; que eran las únicas y las tenía rotas. El motivo era porque no tenía donde acudir y para poder seguir con su labor de misionera ( de las de verdad) necesita a ver a toda costa.
    El equipo de radio se sorprendió de que acudiera a ellos para ese menester, pero mas se sorprendieron cuando les dijo que había andado 30’km. para ello. Despues de alucinar con la historia de la monja y de, lamentablemente no poder ayudarla, la vieron alejarse con una paz inmensa, para andar, otra vez, los 30’km. de vuelta hasta su misión.
    Ella y sus gafas si son seres superiores.
    ( historia verídica)

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    1. Esta buena mujer (equivocada) usaba sus gafas para ver, en lugar de darles su verdadero sentido: sentirse un ser superior. ¡Cuánto error!

      Seguro que nunca le dio por comprender que, en su infinita superioridad, daba lo mismo que estuvieran rotas. Y seguro que, oh fatalidad, no le dio por pensar que las personas a las que estaba dedicando su vida eran en realidad seres inferiores. A lo mejor los veía como iguales, monja equivocada, y estaba dedicándose a una causa perdida.

      Casi mejor que no le arreglaran las gafas. Se hubiera dado de bruces con una realidad insoportable.

      Un abrazo, Pepe. Gracias por contárnoslo.

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  5. Ya logro entender el nivel al que estoy llegando. Yo llevo las gafas …. pero para sujetar el pelo. Supongo que esto también cuenta.
    La nulidad de la humanidad es cada vez más difícil de entender. Es como el ensayo de la ceguera total.
    Gracias compañero, no dejar paras de sorprenderme.
    Un abrazo

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    1. ¡Gracias por traernos a Saramago! (Otro gafotas, por cierto).

      Completamente de acuerdo: cada vez es más difícil de entender. Cada vez hace más daño, fórmulas más sofisticadas de matar y fórmulas low cost para las situaciones de emergencia… Muy difícil de entender.

      ¡Gracias, Pietro! Es un ensayo sobre la ceguera total.

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    1. ¡Señor, señor! ¡Cuánta hipocresía! Esconder las lentes bajo los párpados para parecer un ser sin gafas… un ser inferior, en definitiva.

      Tendremos que madurar esta doctrina un poco más. Ahora mismo no sabría si la casta de los lentilleros debe o no formar parte de esta categoría de personas tocadas por el favor de la divinidad.

      De momento vamos a tener que dejarlo sobre la mesa. Son asuntos graves. Un concilio bien organizado nos aportará la solución.

      ¡Un abrazo Mitin! Gracias por mantener el humor en estos ratos tan complicados.

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