Mi madre siempre me obligaba a leerle estas entradas el sábado por la noche y me regañaba vivamente cuando me metía demasiado con la Iglesia.
Pero se murió ayer y esta noche no he podido contarle que Oscar Puente se equivocó al señalar a un trabajador (error humano, dijo) cuando los cuerpos de algunos fallecidos estaban todavía sobre las vías.
Hubiera estado de acuerdo. Siempre lo estaba (a lo mejor no siempre, pero era una señora y siempre me daba el placet salvo en cuestiones de Iglesia).
Hoy me hubiera preguntado que si gobernaremos (era una mujer leída, de ahí la primera persona). El martes por la noche le hubiera dicho que sí. Y creo que hoy le hubiera dicho que queda mucho juego por jugar: es sabido que a la gente muy mayor no hay que darle malas noticias, así, de golpe.
Analizar estas cosas siempre es trabajoso.
Creo que soy la única persona de mi entorno inmediato (quizás mi sobrino Felipe, que es de la agrupación socialista de Hortaleza y otros dos más) que hasta el martes pensaba que había mucho juego por jugar. Hoy no sé cuánta ciudadanía estará dispuesta a no dejarse llevar por la rabia y a comprender que Figaredo no va a arreglar el problema de las infraestructuras y que la cantidad inmensa de derechos cercenados no va a generar los recursos necesarios para repasar la inmensa cantidad de infraestructuras críticas puestas a disposición de la ciudanía cuya obsolescencia pagamos ahora con vidas humanas.

Error, es verdad. El estado del bienestar es caro y se ha resentido el presupuesto que había que destinar al correcto mantenimiento de carreteras, vías férreas, escuelas, puertos, hospitales… Pero si alguien está pensando en que la privatización resolverá el problema el error es de bulto. Privatizar solo hará preservar para las clases más favorecidas los servicios de calidad y dejar los otros para común de los mortales. La ministra Álvarez de Toledo no va a estar pensando en como mejorar, sino en como rentabilizar, una sanidad que ya no será pública.
Es verdad. Poner universalmente a disposición de todos mejor cuantos más servicios ha jugado en contra de preservar su seguridad. Una lección por aprender.
Y analizar esta realidad con la cabeza fría no es sencillo después de una catástrofe como la del miércoles, que se suma a la de Adamuz de este mismo enero.
El voto no es de rabia. El voto es ideológico.
Todas las cosas que han sucedido en este país nuestro que han sido para todos han venido de la mano de gobiernos de izquierdas y han sido fatalmente demonizadas por las fuerzas políticas de la derecha. Nadie dijo que el ingreso mínimo vital mermaría el presupuesto de mantenimiento del sistema ferroviario. Se dijo que crearía vagos y ya está. Nadie se quejó de esa sanidad pública que ha permitido que mi madre muriera en paz con la mejor de las atenciones en un hospital público de la Comunidad de Madrid (el de La Princesa), ni justificó que privatizarla allegaría fondos a la mejora de la red de carreteras.
El voto es ideológico. Va para quien trabaja por el modelo de sociedad que más se parece a ese con el que sueñas y se asume (o yo lo hago) que no concitará el acuerdo unánime de sus votantes con la totalidad de sus propuestas.
Es verdad: hay cosas que cambiar. No solo es la vivienda. Y debemos cambiarlas nosotros porque si las cambian otros cambiarán a peor.
La conocía bien, o casi (las madres no están ahí para que las conozcas del todo). Sé que hoy también hubiera estado de acuerdo conmigo.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.
Un fuerte abrazo amigo!! Desde Ibiza se os quiere.
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¡¡¡¡¡Gracias!!!!!
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