El saxofonista de la estación del Metro

Nota editorial: Las ilustraciones geniales de este cuento son de mis hermanas, Mariquilla y Maripepa. Si no lo digo me matan, porque su afán de protagonismo es infinito. La partitura se debe al marido de la segnda, mi cuñado, la señá Jesusa.

 

Elvira ya era una niña mayor. Tanto, que sus padres habían decidido que podría coger sola el metro para ir a la escuela, con la condición de que nunca hablara con desconocidos, ni se entretuviera leyendo los anuncios.

Todas las mañanas hacía el mismo recorrido que ya se sabía de memoria y casi todas las mañanas iban pasando las mismas cosas según ella iba haciendo su ruta.

Cuando salía de casa escuchaba el ruido del cierre metálico de la bodega del señor Ramiro, que abría justo a las nueve y diez. Como al señor Ramiro siempre le compraban el vino y la gaseosa para las comidas y, en los cumpleaños, las coca-colas para la fiesta, no consideraba Elvira que fuera un desconocido y se paraba un minutito a saludarle.

-Buenos días, señor Ramiro -le decía.
-Buenos días, Elvira ¿Qué hora es? -le preguntaba él.
-Las nueve y diez, naturalmente -contestaba Elvira sin mirar el reloj.
-Hoy también abro con diez minutos de retraso -se quejaba entonces el señor Ramiro, que siempre abría con diez minutos de retraso.

Muy poco rato después, al volver la esquina, se encontraba al repartidor de periódicos que charlaba con el dueño del quiosco. Tampoco el dueño del quiosco era un desconocido. En realidad, compraba todos los domingos el periódico para su madre, que era muy aficionada a los dominicales (1).

 

(1) El dominical del periódico es el suplemento que trae los domingos. Suele contener una revista, páginas infantiles y algunos pasatiempos. Es importante echarle un vistazo a las páginas infantiles, pueden traer cosas muy interesantes.

-Buenos días, señor Antón -le saludaba-. Buenos días Ramón -saludaba también al repartidor, al que ya conocía de verle todos los días fumarse un cigarrillo con el señor Antón, el del quiosco.

-Buenos días Elvira -contestaban ellos dos a la vez.

-¡A ver cuando ahorras para comprarte una furgoneta nueva! -bromeaba a Ramón-. Esa echa tanto humo que no se ve la parada del autobús.

Y continuaba su camino.

El autobús de las nueve y cuarto lo conducía un hombre de aspecto muy poco amigable. Elvira siempre le daba los buenos días, pero él contestaba unas veces sí y otras no. Además, había leído un cartel amenazante (2) pegado en el cristal que decía “prohibido hablar con el conductor”, con lo cual no le quedaban muchas ganas de decirle más allá de los buenos días y seguir hacia adelante en busca de algún asiento vacío.

 

(2) Se sabe que un cartel (o cualquier otra cosa) es amenazante, cuando al verla o al leerlo da mucho miedo.

No tenía necesidad de sentarse, pero le encantaba hacerlo para poder cederle el sitio a algún señor mayor que se montara después o a alguna señora embarazada que llegara.

Lo más emocionante que le pasaba en el camino del cole era su encuentro con el saxofonista del subterráneo del metro. Al mismo bajarse del autobús corría hacia la estación, bajaba las escaleras de dos en dos, pasaba su billete por la máquina y tiraba hacia el andén a toda velocidad. Desde bastante antes de llegar se oía la música del saxofón por los túneles y, justo antes de girar la esquina del pasillo donde siempre estaba, se paraba para pasar muy despacito por delante de él.

Al saxofonista del subterráneo nunca le decía nada. Era un verdadero desconocido y sus padres desaprobarían (3) que hablara con él. Recordaba perfectamente que no debía hablar con desconocidos y éste tenía aspecto de ser, precisamente, uno de esos desconocidos con los que sus padres no querrían que hablara.

 

(3) Desaprobar es no aprobar -claro-. Cuando temes que tus padres desaprobarían algo que estás haciendo es cuando sabes que, si se enteraran, te caería una buena.

Era un hombre joven o casi viejo, muy desaliñado (4) con barba larga descuidada y sombrero sucio, completamente innecesario, puesto que nunca llueve en los túneles del metro. Siempre llevaba la misma ropa, pero era muy informal: No todas las mañanas estaba en el subterráneo. Esto disgustaba mucho a Elvira porque, aunque no le dijera nada con palabras, le encantaba oírle tocar por la mañana temprano.

 

(4) Desaliñado quiere decir vestido con poco cuidado, sucio y tal.

 

Tocaba apoyado en la pared y ponía delante de él la caja del saxofón para que le echaran monedas. Era preciosa. Por fuera era como de plástico, negra y llena de rozaduras, pero por dentro estaba toda forrada de terciopelo rojo, limpio, suave y brillante.

En la caja había siempre muy pocas monedas, pero parecía darle lo mismo. Unas mañanas estaba y otras no.

Elvira pasaba muy despacito por delante del saxofonista. Al principio no sabía si la reconocía o no. No sabía si él había reparado en ella, si se había fijado en como ella pasaba muy despacio y, a veces, le sonreía un poquitín (lo justo para que sus padres no se hubieran enfadado), aunque no le dijera “buenos días” como era de educación hacer.

Pero día tras día, entre los dos, establecieron un código (5) sin palabras de mensajes que uno y otra entendían perfectamente.

 

(5) Un código -en este caso- es un conjunto de señales que sirven para comunicarse. El idioma es un código compuesto básicamente por palabras, pero hay más. Así el código Morse, el código Brayle y tantos otros.

 

Si a Elvira, por ejemplo, no le gustaba lo que estaba tocando, ella pasaba a su lado con la cabeza alta y casi sin mirarle y él solía cambiar de melodía hasta conseguir la sonrisa de ella, que era la señal de que esa canción sí que le gustaba. Pero si al saxofonista no le gustaba la ropa o las trenzas o la cara de sueño de Elvira, entonces tocaba una canción muy ronca que no le gustaba nada y no cambiaba de melodía por más que ella levantara la cabeza hasta casi separarla del cuerpo. Ella, a la mañana siguiente, procuraba cambiar de lo que fuera, para gustarle al saxofonista y que este le tocara su canción favorita:


Y él lo hacía.

Algo extraño pasó el día de su cumpleaños. Elvira cumplía los años en la primavera, en el mes de abril. Ese día estaba contentísima. Iría, desde luego, al colegio y, además, llevaría una gran bolsa de caramelos para invitar a sus compañeros de clase y a la señorita, que era muy golosa y le gustaban mucho los de café con leche.

Fue repartiendo caramelos por todo el camino. A las nueve y diez le dió un caramelo al señor Ramiro, el dueño de la bodega de al lado de casa. Hizo lo propio a las nueve y doce con el señor Antón, el del quiosco y con Ramón, el joven repartidor de periódicos que charlaba con él a esas horas. Al conductor del autobús le dejó uno encima de donde se pone el dinero, pero no le dijo nada por si las moscas. Ese era uno de esos días en los que le conductor del autobús no decía los buenos días.

Cuando llegó a la estación del metro corrió mucho más contenta que ningún otro día: Le dejaría al saxofonista un caramelo, mejor, dos caramelos, en la caja preciosa forrada de tercipelo rojo, donde casi nadie le dejaba monedas. Pasó el billete por la máquina y corrió por los pasillos. Un poco antes de llegar se paró en seco: Contuvo la respiración y escuchó: Hoy no se oía ninguna melodía.

Avanzó un poco más y volvió a escuchar: Nada. Ninguna melodía.

Aún se acercó más. Llegó justo a la esquina del pasillo donde siempre se ponía el saxofonista y, antes de asomarse, se paró pegada a la pared y volvió a escuchar, pero no sonaba ninguna canción. Entonces supo que no estaba ¡Precisamente esa mañana había tenido que no ir!

Recorrió despacio la galería muy decepcionada, pero cuando llegó justo al sitio donde él se solía poner, vió un precioso dibujo pintado en la pared.

Para mi amga Elvira, en el día de su cumpleaños


Elvira se puso entonces muy contenta, muy muy contenta. Copió el pentagrama en su cuaderno de música, era su canción favorita, la que siempre tocaba el saxofonista cuando estaba contento.

Nunca volvió a verle. Nunca supo como había adivinado que se llamaba Elvira, ni el día de su cumpleaños. Pero eso no era importante: lo había sabido y, desde entonces, Elvira siempre supo que hay veces que no hace falta hablar para contar las cosas que de verdad importan y, sobre todo, que hay alguna gente que sabe de uno lo que hay que saber, aunque sean personas de esas que a las que los mayores llaman “desconocidos”.


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