Maldito septiembre.

Se ha tomado en casa el primer café de la mañana, de Melita, a pesar de que no le gusta nada el café americano. Ha pasado de largo el bar en que solía desayunar y la parada del autobús que le llevaba al trabajo. Es miércoles. Puto miércoles. Su coche sigue aparcado en la calle de atrás. No sabe seguro si tendrá gasóil suficiente para llegar a la gasolinera. El día que fueron a cenar a casa de su hermana ya estaba la reserva a punto de agotarse, pero era el cumpleaños de su sobrina. No podía faltar.

Apenas son las ocho y media.

Su smartphone se ha quedado algo antiguo. Dio de baja la tarifa de datos, así que no se puede conectar a internet hasta que no llegue a las inmediaciones de alguna cafetería que ofrezca WiFi gratis. Pero tampoco habrá ningún correo electrónico que descargar más allá de los comerciales que le volverán a ofrecer un viaje idílico a precio ventajosísimo  o habitaciones de hotel al 50% que no necesita. Las nueve menos cuarto. El País digital dice que no ha habido investidura y que van a nombrar algo a algún corrupto, pero esto hace ya un rato muy largo que le importa un huevo.

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Ninguna llamada, ningún whatsapp

El headhunter que le recomendaron no era más que un cantamañanas que le robó mucho tiempo y algo de dinero. Es un gran currículum, hay algo adecuado a sus expectativas, hay algo para usted, le dijo con esa voz que inunda de seguridad almas y despachos hace ya cuatro meses. A lo mejor cinco. Ya no le coge el móvil. No volverá a llamarle, es perder el tiempo. Le queda un billete de cinco y algo suelto. Serán para un café
y una tostada. No hay prisa por el cambio. Las diez y diez. Ayer fue demasiada humillación lo de la cola del paro. Ofertas de empleo. Las ojea a hurtadillas del señor del kiosco en las páginas salmón de un diario que no va a comprar. Nada que se ajuste a su perfil. A ambos lados de la calle hay personas que se mueven de un sitio para otro con pinta de ir a dónde alguien les espera. O a comprar. Ni una cosa ni la otra.

Las niñas aun no lo saben.

No han empezado las clases todavía. No puede volver a casa tan temprano. Sospecharían. No sabe bien si han entendido del todo que este año no hubiera apartamento en Santa Pola y mañanas de playa con los primos. La paella del chiringuito no la habrán echado de menos. Tampoco usted. Ni a sus cuñados. El teléfono parece averiado: ninguna llamada; ningún whatsapp.

Las doce. Maldito septiembre.

(El dibujo es de mi hermana Maripepa)

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