Chico, ¡qué barbaridad!

No nos quedan referencias de aquellas de las que nos enorgullecíamos cuando éramos más jóvenes. El discurso político, el intelectual, no están. No están los líderes del pensamiento. No nos quedan.

Este debe ser el milagro español.

Del americano se dice que es que cualquiera puede llegar a presidente. El español no es ese: aquí cualquiera puede llegar a presidente –cualquiera, esto está constatado– y hasta quedarse un rato sin que nadie lo juzgue milagroso.

El milagro español debe ser nuestra capacidad para asistir impasibles a todas las cosas que pasan y dejar que sigan pasando fumando un cigarrillo light delante de un gin tonic, con la expresión “¡qué barbaridad!” colgada del labio de abajo.

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Señor esperando que terminen las noticias

 

Nos hablan del burkini como si de prohibirlo o no dependiera la pervivencia de la civilización en occidente y arqueamos las cejas con admiración antes de haber averiguado si se trata de un bañador muy tapado o de un helado de sabor exótico. Canonizan a una monja que decía que el sufrimiento de los pobres le va muy bien al mundo (frase más fácilmente atribuible a un emperador romano que a una monjita tan flaca) y decimos “¡qué barbaridad!” exhalando una larga calada de humo. Le ofrecen un carguito de 200.000 a un exministro que dejó el empleo por prácticas de ingeniería financiera poco explicables y le damos un trago al combinado que hemos conseguido que nos sirvieran sin pepino. Nos dicen que el 25 de diciembre va a haber elecciones (las que hacen tres) y ni tosemos. Nos cuentan que dos millones de personas que huyen con sus hijos de las bombas se hacinan en no sé qué fronteras, que cincuenta millones de niños no tienen casa, y nos acordamos de aquel obispo piadoso que afirmaba que no son trigo limpio, que vienen con mucha mezcla, dando otra calada al cigarrillo y esperando que se acaben las noticias y empiece de una vez súper sálvame naranja.

No podemos mirar a ningún lado. Las reacciones de nuestros políticos a las acciones de sus adversarios lo son en clave de fin del mundo, con la expresión máxima de denostación y enérgica protesta.  Pero luego el mundo no se acaba y, al final, con igual virulencia reacciona el adversario antes denostado a las acciones de su oponente o a sus afirmaciones acerca de cualquier sandez, porque de lo otro, de lo que importa, de eso en concreto, nadie está hablando.

Algo se desvanece delante de la inmediatez que preside los acontecimientos. Parece que no queda sitio para la reflexión. El análisis de más profundidad que otras veces encontrábamos en los editoriales de algunos diarios, sirve ahora para sostener las tesis más convenientes a intereses que nada tienen que ver con nosotros. Y encima se nota. Tan zafios se han vuelto. Nuestras referencias, nuestros periódicos, nuestros l
íderes, o ya están muertos o han abandonado el pensamiento con pinta de ser para siempre. Y la vida sigue. Átona.

– Oiga, que no, que el exministro ha renunciado al carguito.

– Chico, ¡qué barbaridad!

(Y el dibujo es de mi hermana Maripepa) 

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