De paletos y paleteces.

Gritábamos ¡todos los paletos fuera de Madrid! Y algún imbécil pudo pensar que nos referíamos a quienes habían nacido más allá de los confines de la ciudad.

Pero no. A los de Madrid nos importa un huevo dónde ha nacido la gente y a lo que llamamos paleto es a otra cosa.

Con esto de ser verano no podía dejar preguntármelo. ¿Alguien se ha topado con la imagen casi espeluznante de una mole rosa hasta las trancas de cerveza, paseando en calcetines por las playas de la Costa del Sol y mirando por encima del hombro a los nativos del lugar? Ahí hay un verdadero paleto. ¿Alguien ha escuchado la frase ya célebre de “muy españoles y mucho españoles”? Pues ahí hay otro.

 

Un señor de pueblo que no era un paleto

 

El verdadero espectáculo de paletez (la expresión no es académica pero ilustra convenientemente lo que se quiere apuntar) lo ofrece cualquiera que se niega a mirar más allá de donde vive, de lo que tiene, de lo que conoce y desprecia el conocimiento de los demás, las otras vivencias, lo que ignora. Importa poco o nada si nació en un pueblo del Campo de Calatrava o en un populoso barrio de Nueva York. Importa, esto sí, la pasión por aprender, la capacidad de escuchar y asimilar lo que los demás cuentan, la curiosidad, la admiración por todas las cosas sin desprecio de las propias. En definitiva, el afán por el conocimiento.

Claro que tu pueblo, tu barrio, tu escalera, son los que más te gustan del mundo. Te gusta el lugar en el que conociste a tu primer amor, la música que escuchabas por entonces (que solía ser de Karina, no olvidar), las comidas que hacía tu madre cuando las madres eran aún las que se ocupaban de las cosas de comer (y tantas otras), la mecedora de tu abuela y la longaniza que producían en la fábrica cercana de embutidos. Tocaba solo comprender que el mundo era mucho más grande y que, aunque tengamos la guarida en dónde la tengamos, cada rincón del mundo es el favorito de alguien, y cada sabor el de otro y cada abuela la más querida. Y que ningún rincón, ninguna abuela, son mejores o peores, ninguna patria, ninguna longaniza.

La  pasión por exhibir lo que nos diferencia de los demás so pretexto de que los mejores somos los de nuestro barrio es una paletez. La seguridad de que para cocido el murciano y no el que comen los de Madrid, otra. La defensa a ultranza de la sobrasada mallorquina una más grande y la creencia de que el paleto es uno que vive en un pueblo, la más gorda del mundo.

Mira por ahí. No seas paleto.

(El dibujo es de mi hermana Maripepa)

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