Enredos en red

Un mensaje de LinkedIn se despedía la otra mañana de los jefes y daba calurosamente la bienvenida a los ‘gefes’, acrónimo de ‘gestores de felicidad’. El bobo que lo posteaba aseguraba que los gestores de felicidad (varones, atractivos, comprensivos, empáticos y conocedores de la psicología concreta sus subordinados que, claro, le adoran y forman con él un verdadero equipo ganador), sustituyen a los jefes (antiguos, varones también pero con sobrepeso, autoritarios, exigentes, desapacibles y marimandones), que van desapareciendo como dinosaurios en glaciación para dar paso a las nuevas formas de liderazgo.

Oh —pensé—, un tonto. Y seguí con lo mío.

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Minutos después me llegaba por whatsapp una carta que lleva dando por culo desde 2011, escrita supuestamente por una sufrida farmacéutica que con toda probabilidad no existe, en la que explica con todo detalle cómo moros y sudacas se llenan los bolsillos de medicamentos gratis ¡gratis! y los revenden luego en sus países de origen para forrarse a nuestra costa. Como es lógico, el autor o autora real del panfleto se declara a sí mismo como no racista, pero comprende que todo tiene un límite y brama contra la universalización de la sanidad, seguro o segura de que, si solo fuera para españoles de pura cepa, España sería un país solvente y próspero y sus habitantes nadaríamos en la abundancia medicamentosa.

Circula por Twitter un vídeo con el soliloquio de un farmacéutico anónimo (enseña solo la bata y los zapatos) postrado de dolor ante el tremendo taco de recetas que un moro que se iba de vacaciones había intercambiado por medicamentos gratis. Y todos gratis. Y muchísimos.

¿Sabe? Es mentira. Todos los farmacéuticos lo saben.

Un inmigrante paga el 40% del precio del medicamento. Ningún médico utiliza un talonario de recetas para llenarle a ningún sudaca la maleta de fármacos. Es mentira y ya está. Y propagar estas sandeces sirve únicamente para propiciar el clima de mierda que a algunos les encanta crear contra los inmigrantes o, por ser más exhaustivo, contra los pobres.

En el mismo tono circula por ahí una carta verídica escrita por un alcalde a su población (que a veces es francés, a veces es de Zaragoza y a veces es una alcaldesa extremeña), que explica las razones por las que no permite que se deje de servir jalufo en los comedores escolares de su localidad imaginaria a pesar de las insidiosas exigencias de la comunidad alauita. La carta hace un panegírico completo de lo que tienen que hacer los musulmanes cuando llegan a nuestro país, en lugar de intentar mantener en lo posible sus costumbres. El mensaje insultante suele venir encabezado por un ‘con dos cojones’, que da noticia de lo mucho que el remitente admira al falso autor de la carta por atreverse contra tamaña invasión como representa la de la comunidad islámica, a la que ya hicimos huir de nuestro suelo con la cabeza gacha (o cortada) en la gloriosa Reconquista.

Este otro panfleto inmundo me trajo a la memoria aún otro, en el que algún fascista con muy pocas luces (valga la redundancia) ofrecía datos objetivos sobre los más de 600.000 políticos que viven en España a costa de los sufridos ciudadanos (generoso, Arturo Pérez Reverte rebajó la cifra a 445.000 en un tuit ya célebre por la ignorancia que revela). Hacía también una comparativa asombrosa entre los salarios astronómicos de los diputados y la cuantía misérrima con la que han de apañarse los pobres maestros o los menesterosos médicos, que estos sí que de verdad procuran el bien de la ciudadanía.

Las cifras reales son tan otras que da pudor revelarlas: de los más o menos 74.000 cargos electos que se computan, 68.462 son alcaldes y concejales de los 8.116 municipios que hay en España, el noventa por ciento de los cuales (de municipios menores de 10.000 habitantes) no cobra sueldo alguno. Lo demás son senadores y diputados nacionales o autonómicos (descuento a los de las diputaciones provinciales, porque ya computan como concejales), o sea, lo normal en cualquier país democrático. No todos cobran y los salarios en política, de verdad, en España no son para tirar cohetes. Los corruptos se llevan mucho más, pero esta es otra historia y no tiene que ver con los políticos, sino con los corruptos.

Entre tanta mierda como consumimos, posteamos, retuiteamos, casi me quedo con lo del idiota de los ‘gefes’. No genera odio, no contribuye a crear clima de crispación, es inocuo incluso para quienes profesan esa moderna confesión del ‘management’.

La otra confesión, la de la xenofobia, la de la aporofobia, esa que negamos profesar pero que cada día llena nuestros móviles y ordenadores de mensajes aberrantes que se absorben en nuestra anatomía como una crema hidratante, esa da más miedo. Acojona porque damos por bueno su contenido imposible, simplemente, porque dicen lo que queremos leer. Nos encantaría que fuera verdad que los inmigrantes desfalcan nuestro sistema sanitario para tener una excusa para echarlos de aquí; nos encantaría que fuera verdad que los salarios de nuestros políticos esquilman las arcas del Estado y tener así la excusa para acabar con ellos; nos encantaría que fuera verdad que el Islam estuviera intentando terminar con la dieta mediterránea para poder declararnos gordos de militancia y acabar con el invasor y, de paso, con la quinoa. Queremos que sea verdad y lo repetimos muchísimas veces para hacerlo cierto. Aunque sea mentira.

Pero es mentira. Ni los políticos desfalcan con sus sueldos nada de nada, ni los inmigrantes hacen el sistema sanitario insostenible revendiendo medicamentos, ni el Islam está intentando imponer sus costumbres a occidente a costa del jamón serrano.

Lo terrible es que no son simples ciber-charlatanes que no encuentran argumentos veraces para sostener aquello de lo que pretenden convencernos y se los inventan. Son factorías de bulos (fake news) que están a punto de conseguir un diputado de Vox, según el CIS, en Almería (la provincia que más inmigrantes debe emplear en sus invernaderos), que han conseguido colocar a un sujeto deleznable en la Casa Blanca, a varios xenófobos en gobiernos europeos, que influyen en los resultados electorales, no por casualidad, a través de campañas muy bien organizadas que se sirven ¡oh prodigio! de usted y de mí para convertir en virales las infamias más sorprendentes.

¿Por qué recibe usted esos mensajes? ¿Con quién le confunde el que se los reenvía? ¿Se atreve usted a compartirlos? ¿Hacemos una cosa?: ¿Los borramos del Facebook? No aguanto ni uno más.

El dibujo es de mi hermana Maripepa.


7 respuestas a “Enredos en red

  1. Es totalmente cierto, las nuevas tecnologias nos facilitan y adelantan los trabajos y el rendimiento es muy superior pero la basura quue vierten o mejor vertemos por que todos en algun momento nos han pasado una noticia por wasap y la hemos reenviado sin pensar y dando casi por hecho que era veridica, pero ahora yo pregunto ¿ por que teniendo tanta facilidad de informacion y control sobre cualquier ciudadano esto no se sanciona? es facilisimo ademas les voy a dar pistas a nuestra justicia para recaudar fondos. facil todo aquel que saca una informacion falsa sancionado de acuerdo al daño de la informacion, por que yo no se si realmente los inmigrantes sean islamicos o no tienen esa ventaja , si no es cierto sancion al canto al que saca la noticia y al que la reenvia.y de esta manera limpiamos de hijos de puta que ni se imaginan el daño economico y moral pueden causar con esas mentiras.
    por que tiene gracia que una persona tenga a un señor o señora que no le quiere y dice por ejemplo el Alcalde ( o cualquier otra persona vale para el ejemplo ) de tal pueblo se le vio besandose con un amigo, te cuelgan el cartel de Gay ( queda mas fino que maricon) para la eternidad, y eso dentro de lo que cabe es de lo menos doloroso.

    por lo tanto control de informacion y al que miente leña a mono que es de trapo, que libertad de informacion si, pero veridica.

    un buen domingo de migas o de lo que sea con un buen vinito.

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    1. El mítico Pepe Bono decía que tenía que haber una cárcel muy grande para los corruptos y otra, igual de grande, para los difamadores… Igual en eso tenía razón.

      La libertad de expresión en sagrada. No se duda. Pero la difamación no puede salir gratis.

      En nuestro caso, no tenemos más remedio que aprender a contrastar las cosas que nos llegan por facebook, por Twitter o por WhatsApp y dejar de compartirlas por ahí. Tal como dices, el daño económico, moral o social es inmenso y, desde luego, no es ni casual ni inocente.

      No difamar debería incluirse en la versión 2.0 de los mandamientos, que va haciendo falta ya.

      Completamente de acuerdo: Al que miente… leña. Un mínimo control de las cosas que se dicen pero, sobre todo, un poco de capacidad crítica por parte de quienes recibimos esas noticias falsas. Es tan fácil como consultarlas en Google.

      Un abrazo, amigo. Muchísimas gracias por comentar por aquí.

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  2. Hace 21 años que uso internet. Esto que llaman “las nuevas tecnologías” y las redes sociales son mas viejas que el fuego.
    Las cadenas y las fakes news (los rumores o cotilleos de toda la vida). Recuerdo una de esas cadenas que te amenazan de todos los males del mundo.
    Pues me volvió a llegar doce años mas tarde, con una ristra enorme de e-mails. No tuve el reflejo de guardarlo, no valore que era un producto arqueológico digno de un museo.
    Reconozco que es una tentación lanzar un rumor y ver si te vuelve a los quince años.

    Pues a mi me encanta trolear, ver un comentario de esos que expones y rebatir, aportar estadisticas, datos. Acorralarle hasta que se queda sin argumentos u rnyonces o norrs la publicación inicial o te bloquea.
    También hay profesionales que viven del número de comentarios y la provocación es su herramienta de trabajo.
    Eso si hay que tomar con calma como se aborda esos mensajes, mucho ingenio y cero insultos.
    Bueno tu sabes bien.
    Al final el troll o borra el mensaje o te bloquea.
    Mucho relax
    Feliz domingo.

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    1. Yo he hecho ese intento con algún amigo… Pero vuelve con lo mismo sin que mis sesudas reflexiones rocen siquiera sus neuronas. Es inútil: lo quiere creer y lo cree. O ya no se cree ese, pero se cree todos los demás y los sigue compartiendo.

      En inútil.

      Al menos parar la cadena. No compartir gilipolleces o afirmar que lo son y no entrar en el juego de hacerlas más grandes. Educar a nuestros hijos (nietos) para que no se crean todo lo que leen… contrastar.

      Parece sencillo y, sin embargo, esta batalla la tenemos perdida: ellos son más y tienen más tiempo.

      Un abrazo, Javier. Gracias por tu reflexión.

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  3. Ya sabes amigo que yo suelo tener una visión un poxo divergente, y hoy no va a ser distinto.
    Y si realmente nadie se cree nada y todos jugamos a tener algo que reenviar a los amigos qur no son amigos.
    Y si la verdada es que nos inporta todo un bledo y es como un. Gran Savame de Lux. Donde lo unico importante es hablar, aunque sea para decir tonterias.

    Creo de veras que todos hemos asunido que todo es mentira. Es un descreimento total donde esperamos la cosa aguante hasta que me jubile!!

    Esta jodido el tema.

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    1. No lo sé, Inma.

      Tengo la sensación de que tanto bulo se comparte con la indignación de pensar que son ciertos. O de querer que lo sean, porque dan licencia para enarbolar las banderas que representan a quienes los envian.

      Es curioso… No de quienes los inventan, de quienes los hacen virales.

      Si tienes razón tú, la cosa está aún más jodida. Si la sociedad ha caído en esa desidia y se ha dispuesto a dañar por dañar… es que la rabia se ha apoderado de todo.

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