Más modernamente, si ganas un mundial o has sido presidente del Gobierno, el rey te concede un título nobiliario y tú, si es el caso y convienes en aceptarlo, luces bordada en la camisa que te hacen a medida para celebrar la ocasión una discreta corona que da fe del Real aprecio del monarca.
En la Iglesia, que no es precisamente moderna y cuyo reino, como es sabido, no es de este mundo, si construyes una catedral muy grande muy grande puedes llegar a ser santo.
A Antoni Gaudí podrían haberlo hecho conde de Barcelona, es un ejemplo, pero la ciudad condal ya tenía conde y, además, la Iglesia bien podría andar necesitada de un arquitecto de Dios que viniera a poner orden en los desmanes urbanísticos del más allá, donde la parcela mínima para la edificación se debe estar achicando a marchas forzadas a juzgar por el número ingente de forofos de la cosa que andan por el mundo (y por España). Arquitectos de Dios, no tenemos.
Salvo que las santas gónadas del príncipe de la Iglesia del momento determinen otra cosa (tal y como han sido los recientes casos de una monja, otro papa y el fundador del Opus Dei) el proceso de canonización de un sujeto, por buena persona que haya sido, requiere de largo tiempo y varia fases; tales son las de siervo de Dios, venerable, beato y santo. Se puede pasar de persona normal a santo de un plumazo pero, como ya se ha visto, es muy rara la ocasión.
A Antoni Gaudí nos lo hicieron siervo de dios en 2003, después de años de trabajo ímprobo de la Asociación pro Canonización de Antoni Gaudí, fundada en 1992, que por entonces promovía la causa. Y nos lo hicieron venerable más de veinte años después, en 2025, cuando el papa Francisco reconoció formalmente su vida de piedad y sus virtudes heroicas.
El asunto se maneja ya por una asociación canónica que preside, nada menos, que el cardenal Joan Josep Omella y Omella y se ventila en el Dicasterio para las Causas de los Santos, que viene a ser como el ministerio para las canonizaciones.
Y aquí viene el lío. Porque si para ser marqués necesitas solamente haber ganado un mundial y el favor de tu rey (como en la Edad Media), para ser santo tienes además que haber hecho dos milagros (como un poco antes), uno para beato y otro para la categoría superior. Y los milagros, por si fuera poco, te los tienen que certificar científicamente.

Cosa grande es hacer coincidir en una misa frase conceptos como milagro y ciencia. Y aún más grande concebir cómo un ser humano normal entregaría sus oraciones a la intercesión de Antoni Gaudí para la sanación de su hijo o de su cuñada de un mal incurable en lugar de pensar, otro ejemplo, en poner por medio a Pedro Sánchez o al tipo ese de Cuarto Milenio, que ya han dado muestras sobradas de su capacidad para manejar y sobreponerse a los hechos inexplicables.
Para ser escrupuloso aclararé que no se trata de demostrar científicamente el acaecimiento de un milagro (harto improbable) sino, a sensu contrario, certificar que la ciencia no tiene explicación para el suceso. Esto en el siglo XIV debía ser más sencillo, pero ahora que sabemos que el mal del costado se detecta con una placa de rayos y se cura con una apendicetomía la cosa se ha debido complicar bastante. (Tiene que ser por eso que escaseen tanto en estos tiempos los santos de nueva factura).
Cuento esto porque el Dicasterio para la cosa de la santidad le ha tumbado ya dos milagros al venerable Gaudí (venerable eclesiástico: no confundir, que en Catalunya los venerables te los encuentras con cierta facilidad), uno con una retina que empezó a funcionar inexplicablemente y otro con una cadera que se puso derecha sin saber ni cómo ni por qué. Andamos ahora con una cosa de corazón de un neonato cuyos papás, a lo que se ve, además de hacer lo que científicamente tocaba (llevarlo al médico), elevaron todas sus oraciones al Altísimo con la intercesión del venerable con resultados clínicos sorprendentes. El Dicasterio dirá.
El papa León (te queremos un montón… ya sabe) había manejado la posibilidad de hacer coincidir este viaje suyo a España con el anuncio de la beatificación del arquitecto de Dios, o así lo habían sugerido tertulianos papales bien informados. Pero no. La cosa de la certificación de los milagros tiene su qué y habrá que esperar a estar completamente seguros. O, al menos, de que el relato no mueva a risa, que se sabe que hay mucho maledicente dispuesto a poner en duda la seriedad de que, en pleno siglo XXI, andemos todavía entregados a la santería.
En fin, una vez se aclare que las joyas de la caja fuerte del presidente Zapatero no tienen origen sobrenatural (por la intercesión del presidente Zapatero no se sabe se haya obrado milagro alguno) y acreditado que el hermano del presidente Sánchez no pecó, o pudo cometer, como máximo, pecado venial, o sea, no mortal; esto es, cuando recuperemos el sosiego, volveremos sobre la causa del venerable Gaudí, porque asuntos como este nos reconcilian, si no con la razón, sí con esa mezcla de fervor y folclore en la que nos educaron (con diferente éxito) nuestros mayores.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.
Eso de ser santo cuesta bastante, como sabes nosotros tenemos un Beato que fue nombrado y beatificado el 7 de mayo de 1867, 159 años después seguimos esperando sea nombrado santo , aunque aquí como sabes para nosotros es Santo desde hace mucho, mucho tiempo. a sique Gaudí le queda mucha mili para llegar a ser Santo. supongo que a Gaudí le importa un cojon de mico si lo hace santo o no.
Me esforzare en hacer un milagro para que en unos 200 años me hagan beato.
Buen domingo.
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