¡Cuidado!
La diferencia entre el fenómeno migratorio y una maniobra política internacional de desestabilización del Estado no puede pasar desapercibida y manejar la segunda con los criterios y normativa que rigen lo primero conduce a la barbaridad.
Ceuta no ha sido un fenómeno migratorio, no jodamos. Ha sido otra cosa bien distinta a la que no me atrevo a poner nombre por no caer en la barbaridad en la que demasiados caen pero, desde luego, no ha sido un fenómeno migratorio. Y las consecuencias que aún padece la ciudad autónoma no son las de un fenómeno migratorio. Quinientos son muchos migrantes. Sesenta mil (¿ochenta mil?) son muchísimos más.
Crear alarma social con este asunto es muchísimo más sencillo que resolver la situación de las ocho mil personas que, según se estima, aún vagan por la ciudad.
No sé si alguna vez llegaremos a saber por qué nadie advirtió que se venía hacia la verja una avalancha humana de aquellas proporciones. Ni sé hacia dónde hay que derivar las responsabilidades aunque me temo que decir ‘ha sido Sánchez’ lo resuelve todo.
Y ahora, avancemos: la normativa que rige en España (y hasta ahora en Europa, ya veremos) sobre migraciones es ejemplar a pesar del endurecimiento que sufrió justo antes de las últimas elecciones europeas para paliar en lo posible el empuje de la ultraderecha xenófoba.
Es respetuosa con los derechos humanos, cuidadosa con la realidad humanitaria que rodea estos fenómenos, garantista con el trato que se da a las personas migrantes exigiendo estudio personalizado en la resolución de cada caso ante la decisión o no de devolverlos. Están prohibidas las ‘devoluciones en caliente’, o sea, no se puede tirar por encima de la valla al tipo o a la tipa que consiguió saltarla. ¿A alguien le parece mal? A mí me parece perfecta. Y, sí: deportar sin garantías es prevaricar.
De manera que aprovechar esta maniobra de todos sospechamos quiénes para denostar la política migratoria española, debilitar la posición europea y, otra vez, atacar al Gobierno de Sánchez responsabilizándolo por haber regularizado a no-sé-cuántos, es lisa y llanamente repugnante.
Lo llamamos populismo xenófobo. Funciona como un tiro. En Europa y en España dónde hoy se dan cita cientos de jóvenes fascistas europeos que se manifiestan a la hora de escribir estas líneas en Barcelona en defensa de una ‘Europa blanca’. Es, sencillamente, repugnante. Veremos qué sucede cuando se den cuenta (quizás ya se la han dado) de que Abascal es más bien morenito, como cada europeo del sur, por muy de Bilbao que se sea.
El populismo xenófobo se le da muy bien a la extrema derecha (lástima que en España no tuviéramos una derecha no extrema) y a la extrema derecha le viene de perlas el populismo xenófobo, una razón más de las muchas que nos hacen comprender el fenómeno de Ceuta cuando vamos armando el puzzle de lo sucedido, alentado (también) por el Gobierno de Netanyahu, que mantiene como ministro de Seguridad Nacional a un ex convicto por delitos de terrorismo que sostiene que hay que matar a treinta o cuarenta gazatíes cada noche y se jacta del empeoramiento de las condiciones del cautiverio de los palestinos encarcelados como un logro nacional. Un tipo repugnante que está construyendo patíbulos con ‘anfiteatro’ para que afectados y familiares puedan contemplar el espectáculo de sus ejecuciones: ‘estamos haciendo historia’, se afana en repetir. ‘Igual que en Estados Unidos’, se reafirma. Y es verdad.

Entre tanto el planeta se revuelve contra nosotros, tiembla el suelo en Granada, en Colombia, en Venezuela, en Perú, en Indonesia; Europa arde por los cuatro costados devorada por incendios inteligentes que crean su propia atmósfera de destrucción; la temperatura del mar sube hasta tres grados, acumulando una energía de cuyo poder de devastación no tardaremos en ser conscientes.
Templanza, templanza.
Hay que sacar a quinientas niñas de Ceuta porque están en riesgo cierto de ser víctimas de abusos. Hay que apagar Segorbe y Las Hurdes. Hay que evitar una guerra abierta con Marruecos. Hay que hacer que Feijóo deje de decir sandeces. Hay que parar las riadas de Jumilla, Molina de Segura, Yecla, protegerse de los reventones térmicos que están asolando Valencia, otra vez… Sujetar las paredes de las casas de Granada.
Templanza.
Derechos humanos y templanza. Porque árboles caídos sobran para hacer leña. Volver a la cordura costará un poco más. Y esta batalla no deben ganarla, ni el populismo xenófobo, ni el otro. Porque son repugnantes.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.