De repente todo da lo mismo.
Da todo igual, porque la tierra se mueve y se devora.
Ahora pienso que da igual si hay culpables o no. Que el efecto es el mismo si viene metralla del cielo o lo que se mueve bajo tus pies son las placas tectónicas con las que un día el globo terráqueo jugó para conformar los continentes.
El final son columnas de polvo volviendo a posarse sobre el suelo calcinado, devastación, cadáveres bajo los escombros. Perros olfateando la destrucción en busca de resquicios de vida entre los hierros retorcidos. Aún quedan enteros trozos de la pared que hace solo un día separaba la habitación de Ana María del cuarto de estar.
La ciudad aniquilada.

Y entonces ya no importa si habían sido Trump o Netanyahu. O si había sido Poseidón, que también lo ocupaban los griegos de hacer temblar la Tierra, el que había hecho eructar a la montaña o abrir en dos la avenida por la que estaban pasando los taxis a toda prisa calculando si llagarían a tiempo de ver el partido por el canal de pago tras la última carrera del día. O después de la primera.
Y no. Ya no está la habitación de los niños, ni la churrería en la que la madre compraba los sábados el desayuno. Ni está la madre.
Dos adolescentes se mirarán delante de lo que fue su portal y no sabrán por quién preguntarse. Saben que su colección de videojuegos no ha sobrevivido, igual que su mundo ya no está. Todavía no saben quién más no está. Pero el terror no les va a dejar preguntarse por ellos.
Patrullas y voces. Un superviviente debajo de un bloque de pisos hundido en el suelo abierto por una grieta por la que nadie se atreve a colarse hasta que un bombero se santigua y desaparece entre la polvareda. Y voces. Y patrullas.
Voluntarios caminando sobre el asfalto agrietado. Y tres vidas más que se saben acabadas detrás de los ojos rojos de tanto mirar y de rascarse. Y a lo mejor de llorar.
¿Ha sido en Irán?
No, ha sido en Venezuela.
Qué va: ha sido en Gaza.
En Guizhou, en China, que las aguas se lo llevan todo
No, no; está pasando ahora en Ucrania.
¿Pero esa señora dónde vive?
¿No ves que está muerta?
Está caminando.
Sí, pero está muerta. Como su hermano, como su madre.
¿Ha sido una bomba?
Ha sido su tejado. Ha sido el mundo que se ha venido encima de toda la familia cuando las paredes han empezado a temblar y ella había ido a comprar pan de molde para los sándwiches. Y ese ruido… no lo va a dejar de escuchar nunca.
Ahora no importa que tu presidenta esté encargada o tu presidente secuestrado, ni que Sánchez haya dicho que va a limpiar la corrupción y Page no se lo haya creído. Eso solo se escucha mientras el suelo está firme y el cielo a salvo.
Y cuando no… Cuando no es que la vida se te ha complicado de veras porque ya no reconoces el paisaje y no hubieras encontrado las ruinas de tu portal si no es porque aquellos dos adolescentes estaban parados enfrente, rotos del pánico, sin saber qué preguntarse.
Nada te salva. Puede que algún imbécil esté musitando la cancioncilla aquella de que solo el pueblo salva al pueblo.
Tú ya estás muerto.
Y caminas. Entre el ruido. Apenas te quedan tus pies y ese par de pantalones.
Van a venir a salvarte (¡a salvarte!) y te van a dar algo caliente cuando caiga la noche. Y habrá listas colgadas por algunos sitios con nombres que no vas a leer.
A lo mejor, solo a lo mejor, puedes romper a llorar. Y a lo mejor, con mucha mucha suerte, cuando despunte el alba, unos brazos te rodeen el alma y te digan
papá… estás vivo.
El dibujo es de mi hermana Maripepa
es muy triste.
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es muy triste.
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Y pasa por nuestras vidas sin pena ni gloria…
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maravillosa descripción de a locura en la que estamos inmersos y la futilidad de las discusiones inútiles que llenan los espacios que tendrían que ser de diálogo constructivo y que solo sirven para agriar la leche de la vida mientras los que realmente sufren calamidades y desdichas pasan por nuestras pantallas como un drama televisivo sin que nuestros corazones distingan entre realidad y mentira
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Aceleramos la destrucción del mundo como seguros de que todo quedará en nuestras fronteras.
Creyéndonos libres de todo mal, vivimos nuestras vidas inmersos en la pequeñez de nuestras cuitas pequeñas. Y cuando nos toque ya no quedará nada.
Al mundo le pasan cosas. Y nosotros lo vemos en la tele.
Algo que no es bueno nos está pasando.
¡Gracias, Pepa! Me encanta verte aquí. Un beso enorme.
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